Por eso, profetiza diciéndoles: Así habla el Señor: Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor. Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré –oráculo del Señor–.
Sal 129
Perdónanos, Señor, y viviremos.
Rom 8, 8-11
Hermanos, los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo. Pero si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?».
Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».
Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo». Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se curará». Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo». Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él».
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas».
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».
Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día».
Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».
Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo». Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?». Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás». Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!». Pero algunos decían: «Este, que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?».
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto». Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar».
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.
1. Ezequiel 37, 12-14: La promesa de la resurrección
Este pasaje es la conclusión de la famosa visión del "valle de los huesos secos". El pueblo de Israel, en el exilio, se sentía "muerto" y sin esperanza.
Significado: Dios hace una promesa radical: "Abriré sus sepulcros y los sacaré de ellos". Históricamente, significaba que Dios restauraría a la nación de Israel llevándola de vuelta a su tierra. Sin embargo, espiritualmente y a la luz del cristianismo, es la gran promesa de la resurrección física y de que Dios infundirá su propio Espíritu en nosotros para darnos vida verdadera.
2. Salmo 129 (130 en algunas traducciones): "Desde lo hondo a ti grito, Señor"
Conocido tradicionalmente en latín como el De Profundis. (Nota: La numeración 129 corresponde a la antigua versión griega y latina, común en la liturgia; en biblias modernas suele ser el 130).
Significado: Es el clamor de un alma que se reconoce pecadora y que está en la oscuridad (la muerte espiritual), pero que confía ciegamente en la misericordia de Dios. El salmista reconoce que "del Señor viene la misericordia y la redención copiosa". Es un puente perfecto: reconocemos nuestra condición mortal y pecadora, y pedimos a gritos la vida que solo Dios puede dar.
3. Romanos 8, 8-11: La vida en el Espíritu
El apóstol Pablo contrasta aquí dos formas de vivir: "en la carne" (dominados por el egoísmo y el pecado, lo cual lleva a la muerte) y "en el Espíritu" (guiados por Dios).
Significado: Pablo explica la teología detrás de la promesa de Ezequiel. Nos dice que si el Espíritu de Dios (el mismo Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos) habita en nosotros, entonces Dios también dará vida a nuestros cuerpos mortales. La resurrección no es solo un evento futuro; empieza ahora mismo cuando dejamos que el Espíritu Santo transforme nuestras vidas.
4. Juan 11, 1-45: La resurrección de Lázaro
Este es el evangelio central y más extenso, donde Jesús resucita a su amigo Lázaro, quien llevaba cuatro días muerto en el sepulcro.
Significado: Aquí la promesa de Ezequiel y la teología de Pablo se hacen carne y hueso en Jesús. Cristo pronuncia una de las frases más importantes del Nuevo Testamento: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá". Jesús demuestra que tiene poder absoluto sobre la muerte física. Sus lágrimas muestran su profunda humanidad y empatía, pero su voz al gritar "¡Lázaro, sal fuera!" demuestra su divinidad.
El significado en su conjunto: El triunfo de la Vida
Cuando lees estas cuatro escrituras juntas, el mensaje es un hilo conductor inquebrantable sobre el paso de la muerte a la vida.
El Problema: La humanidad está sometida a la muerte física y al sepulcro del pecado (Salmo 129).
La Promesa: Dios promete desde el Antiguo Testamento que no nos dejará en la tumba, sino que nos dará su Espíritu para vivir (Ezequiel).
La Explicación: Ese Espíritu ya nos ha sido dado por el bautismo, transformando nuestra muerte interior en vida eterna (Romanos).
La Prueba Definitiva: Jesús no solo promete la vida, sino que Él mismo es la vida, demostrándolo al sacar a Lázaro de la tumba como anticipo de su propia resurrección y de la nuestra (Juan).
En resumen, el conjunto de estas lecturas nos dice que, sin importar cuán "muertos" nos sintamos —ya sea por el dolor, el pecado, la desesperanza o el miedo a la muerte física—, Dios tiene la última palabra, y esa palabra es Vida.