Su descendencia será conocida entre las naciones, y sus vástagos, en medio de los pueblos: todos los que los vean, reconocerán que son la estirpe bendecida por el Señor.
Yo desbordo de alegría en el Señor, mi alma se regocija en mi Dios. Porque él me vistió con las vestiduras de la salvación y me envolvió con el manto de la justicia, como un esposo que se ajusta la diadema y como una esposa que se adorna con sus joyas. Porque así como la tierra da sus brotes y un jardín hace germinar lo sembrado, así el Señor hará germinar la justicia y la alabanza ante todas las naciones.
Sal (1Sam 2)
Mi corazón se alegra en Dios, mi Salvador.
Mi corazón se alegra en el Señor, en Dios me siento
yo fuerte y seguro. Ya puedo responder a mis contrarios,
pues eres tú, Señor, el que me ayuda.
Mi corazón se alegra en Dios, mi Salvador.
El arco de los fuertes se ha quebrado, los débiles se ven
de fuerza llenos. Se ponen a servir por un mendrugo los
antes satisfechos; y sin tener que trabajar, pueden saciar
su hambre los hambrientos. Siete veces da a luz la que era
estéril y la fecunda, ya dejó de serlo.
Mi corazón se alegra en Dios, mi Salvador.
Da el Señor muerte y vida, deja morir y salva de la
tumba; él es quien empobrece y enriquece, quien abate y
encumbra.
Mi corazón se alegra en Dios, mi Salvador.
Él levanta del polvo al humillado, al oprimido saca de
su oprobio, para hacerlo sentar entre los príncipes en un
trono glorioso.
Mi corazón se alegra en Dios, mi Salvador.
Lc 2, 41-51
Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.
Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas. Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Ellos no entendieron lo que les decía.
Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.
Lc 2, 41-51
Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.
Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas. Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Ellos no entendieron lo que les decía.
Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.