El Señor dijo a Samuel: “¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado para que no reine más sobre Israel? ¡Llena tu frasco de aceite y parte! Yo te envío a Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos al que quiero como rey”.
Cuando ellos se presentaron, Samuel vio a Eliab y pensó: “Seguro que el Señor tiene ante él a su ungido”. Pero el Señor dijo a Samuel: “No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón”.
Así Jesé hizo pasar ante Samuel a siete de sus hijos, pero Samuel dijo a Jesé: “El Señor no ha elegido a ninguno de estos”.
Entonces Samuel preguntó a Jesé: “¿Están aquí todos los muchachos?”. Él respondió: “Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño”. Samuel dijo a Jesé: “Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue aquí”. Jesé lo hizo venir: era de tez clara, de hermosos ojos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: “Levántate y úngelo, porque es este”. Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David. Samuel, por su parte, partió y se fue a Ramá.
Sal 22
El Señor es mi pastor, nada me faltará.
Ef 5, 8-14
Hermanos, antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia. Es verdad que resulta vergonzoso aun mencionar las cosas que esa gente hace ocultamente. Pero cuando se las pone de manifiesto, aparecen iluminadas por la luz, porque todo lo que se pone de manifiesto es luz. Por eso se dice: Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará.
Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado». El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?». Unos opinaban: «Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece». Él decía: «Soy realmente yo». Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos?». Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi». Ellos le preguntaron: «¿Dónde está?». Él respondió: «No lo sé». El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?». Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?». El hombre respondió: «Es un profeta». Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?». Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta». Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él». Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo». Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?». Él les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?». Ellos lo injuriaron y le dijeron: «¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es este». El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?». Y lo echaron. Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?». Él respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando». Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él. Después Jesús agregó:
«He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven».
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió:
«Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece».
El hilo conductor que une todos estos textos es el tema de la luz, la visión espiritual y el contraste entre las apariencias y la realidad profunda.
A continuación, te desgloso el significado de cada lectura y luego cómo se entrelazan entre sí.
1. Primera Lectura: 1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a
Este pasaje narra el momento en que el profeta Samuel es enviado por Dios para ungir al nuevo rey de Israel entre los hijos de Jesé. Samuel se deja llevar por la apariencia física del hijo mayor, pero Dios lo corrige con una frase fundamental: "La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón".
Significado: Nos enseña sobre nuestra "ceguera" humana. A menudo juzgamos por lo exterior y lo superficial. Dios, en cambio, ve nuestra verdadera esencia. David, el más joven y aparentemente el menos apto para ser rey, es el elegido y ungido por el Espíritu de Dios.
2. Salmo Responsorial: Salmo 22 (23 en otras traducciones)
Es el famosísimo salmo "El Señor es mi pastor, nada me falta". (Nota: En la liturgia católica a veces se utiliza la numeración de la Vulgata latina, donde el Salmo 23 hebreo corresponde al 22).
Significado: Es un canto de absoluta confianza. El salmista reconoce que, incluso al caminar por "cañadas oscuras" (tinieblas), no teme porque Dios lo guía. Además, menciona: "Unges mi cabeza con perfume", conectando directamente con la unción del rey David en la primera lectura y con los sacramentos cristianos.
3. Segunda Lectura: Efesios 5, 8-14
San Pablo escribe a los cristianos de Éfeso utilizando la metáfora de la luz y la oscuridad. Les dice: "En otro tiempo ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor".
Significado: Es un llamado a despertar a la vida espiritual. El apóstol exhorta a los cristianos a vivir como "hijos de la luz", produciendo frutos de bondad, justicia y verdad. Las obras de las tinieblas son estériles; la luz de Cristo, en cambio, revela la verdad y da vida.
4. Evangelio: Juan 9, 1-41
Este extenso y rico pasaje relata la curación del ciego de nacimiento. Jesús unta barro en los ojos del ciego y lo envía a lavarse a la piscina de Siloé. Al hacerlo, el hombre recupera la vista. Sin embargo, el milagro físico desata un conflicto con los fariseos, quienes se niegan a aceptar que Jesús viene de Dios.
Significado: El texto juega magistralmente con la ironía de quién ve realmente y quién está ciego.
El ciego de nacimiento: Pasa de la ceguera física a la visión física, y luego experimenta un proceso de "iluminación" espiritual hasta reconocer a Jesús como el Hijo del Hombre y adorarlo.
Los fariseos: Tienen una vista física perfecta y se consideran expertos en la ley, pero padecen de una ceguera espiritual profunda debido a su soberbia intelectual y su rechazo a Jesús.
El significado en su conjunto (El mensaje unificado)
Cuando leemos estas cuatro escrituras juntas, el mensaje es un itinerario completo sobre la sanación de nuestra ceguera espiritual:
Reconocer nuestra limitación: La primera lectura nos advierte que nuestra visión natural es defectuosa; juzgamos por las apariencias (1 Sam). Necesitamos que Dios nos ayude a ver la realidad profunda.
Confiar en la guía divina: En medio de la oscuridad de nuestra ceguera, el Señor actúa como nuestro pastor para guiarnos hacia la luz (Salmo 22/23).
El proceso de Iluminación: Jesús es la luz del mundo que viene a devolvernos la vista (Juan 9). Esta iluminación no es solo un milagro histórico, sino que representa el Bautismo (el lavado en la piscina de Siloé) y la conversión cristiana.
Vivir en consecuencia: Una vez que hemos sido iluminados por Cristo, no podemos volver a la ceguera. Debemos despertar, abandonar las obras de las tinieblas y caminar como hijos de la luz (Efesios).
En resumen, la liturgia nos pregunta: ¿Vemos el mundo y a los demás con nuestros propios ojos (apariencias y prejuicios) o permitimos que Cristo nos cure para empezar a mirar con los ojos de Dios (el corazón)?