LUNES 4

2Re 5, 1-5
Naamán, general del ejército del rey de Arám, era un hombre prestigioso y altamente estimado por su señor, porque gracias a él, el Señor había dado la victoria a Arám. Pero este hombre, guerrero valeroso, padecía de una enfermedad en la piel. En una de sus incursiones, los arameos se habían llevado cautiva del país de Israel a una niña, que fue puesta al servicio de la mujer de Naamán. Ella dijo entonces a su patrona: “¡Ojalá mi señor se presentara ante el profeta que está en Samaría! Seguramente, él lo libraría de su enfermedad”. Naamán fue y le contó a su señor: “La niña del país de Israel ha dicho esto y esto”. El rey de Arám respondió: “Está bien, ve, y yo enviaré una carta al rey de Israel”.
Naamán partió llevando consigo diez talentos de plata, seis mil siclos de oro y diez trajes de gala.


Sal 42
 Dichoso el que cuida del pobre y del débil, el Señor lo librará en el día del mal. 
Dichoso el que cuida del pobre y del débil, el Señor lo librará en el día del mal. El Señor lo guardará y le dará vida, lo hará feliz en la tierra y no lo entregará a la voluntad de sus enemigos. 
 Dichoso el que cuida del pobre y del débil, el Señor lo librará en el día del mal. 
 Me buscaba mi enemigo para hacerme daño, pero tú no me entregaste en sus manos, ni me dejaste caer en sus redes. 
 Dichoso el que cuida del pobre y del débil, el Señor lo librará en el día del mal. 
 Yo bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios. Que el Señor sea bendito por siempre. Amén. 
 Dichoso el que cuida del pobre y del débil, el Señor lo librará en el día del mal.


Lc 4, 24-30
En aquel tiempo, Jesús dijo en la sinagoga: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio». Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.