MARTES 5

Dn 3, 25. 34-43
En aquellos días, Azarías oró al Señor en el horno de fuego, diciendo:
"Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres, alabado y glorificado por siempre. Santo es tu nombre y gloriosa tu majestad. Justo eres en todo lo que has hecho, y todos tus juicios son rectos y verdaderos.
Tú has obrado con fidelidad y justicia en todo lo que nos has hecho, y también en este castigo que nos has traído por nuestros pecados. Porque hemos pecado y hemos obrado impíamente apartándonos de ti. Hemos cometido toda clase de iniquidades, y hemos transgredido tus mandamientos y preceptos.
No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.
A ti, Señor, la justicia, y a nosotros la vergüenza en el rostro, como hoy la sufren todos los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén y todo Israel, cercanos y lejanos, en todos los países a donde los has dispersado por sus pecados.
Señor, la justicia te pertenece, y a nosotros la vergüenza y la confusión, como sucede hoy a todos los hombres de Israel, a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros sacerdotes y a todo el pueblo.
Porque hemos pecado contra ti, hemos cometido iniquidades y nos hemos rebelado, apartándonos de tus mandamientos y preceptos.
No hemos escuchado a tus siervos los profetas, que hablaron en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.
A ti, Señor, la misericordia y el perdón, porque hemos pecado contra ti. No nos abandones para siempre, por el honor de tu santo nombre, no rompas tu alianza con nosotros.
Acuérdate de tu misericordia, que has mostrado desde siempre. Líbranos, Señor, por tu gloria, y da honor a tu nombre.
Que sean confundidos los que afligen a tus siervos, que sean cubiertos de vergüenza y de oprobio. Que sean abatidos su poder y su soberbia, y que sean reconocidos todos los pueblos.
Que sepan que tú eres el Señor, el único Dios Altísimo sobre toda la tierra."


Sal 25
Guíame, Señor, por tus sendas, enséñame tus caminos. 
 Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus sendas. Guíame por la verdad y enséñame, porque tú eres mi Dios salvador, y en ti espero todo el día. 
Guíame, Señor, por tus sendas, enséñame tus caminos. 
 Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor, que son eternos. No te acuerdes de los pecados de mi juventud, ni de mis transgresiones; acuérdate de mí según tu misericordia, por tu bondad, Señor. 
Guíame, Señor, por tus sendas, enséñame tus caminos. 
 Bueno y recto es el Señor, por eso enseña el camino a los pecadores; guía a los humildes por la justicia, y enseña a los mansos sus caminos. 
Guíame, Señor, por tus sendas, enséñame tus caminos. 
 Todos los senderos del Señor son misericordia y verdad para los que guardan su alianza y sus preceptos. 
Guíame, Señor, por tus sendas, enséñame tus caminos.


Mt 18, 21-35
En aquel tiempo, se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes”. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda”. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?”. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».