MIERCOLES 30

Jb 9, 1-12. 14-16
Job respondió, diciendo:
Sí, yo sé muy bien que es así: ¿cómo un mortal podría tener razón contra Dios?
Si alguien quisiera disputar con él, no podría responderle ni una vez entre mil.
Su corazón es sabio, su fuerza invencible: ¿quién le hizo frente y se puso a salvo?
Él arranca las montañas sin que ellas lo sepan y las da vuelta con su furor.
Él remueve la tierra de su sitio y se estremecen sus columnas.
Él manda al sol que deje de brillar y pone un sello sobre las estrellas.
Él solo extiende los cielos y camina sobre las crestas del mar.
Él crea la Osa Mayor y el Orión, las Pléyades y las Constelaciones del sur.
Él hace cosas grandes e inescrutables, maravillas que no se pueden enumerar.
Él pasa junto a mí, y yo no lo veo; sigue de largo, y no lo percibo.
Si arrebata una presa, ¿quién se lo impedirá o quién le preguntará qué es lo que hace?


Sal 87
Llegue, Señor, hasta ti mi súplica. 
Todo el día te estoy invocando, tendiendo las manos hacia ti. ¿Harás tú maravillas por los muertos? ¿Se alzarán las sombras para darte gracias? 
Llegue, Señor, hasta ti mi súplica. 
¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia, o tu fidelidad en el reino de la muerte? ¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla, o tu justicia en el país del olvido? 
Llegue, Señor, hasta ti mi súplica. 
Pero yo te pido auxilio, por la mañana irá a tu encuentro mi súplica. ¿Por qué, Señor, me rechazas y me escondes tu rostro? 
Llegue, Señor, hasta ti mi súplica.


Lc 9, 57-62
En aquel tiempo, mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!». Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza».
Y dijo a otro: «Sígueme». Él respondió: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios».
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Jesús le respondió: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».