SABADO 9

Os 6, 1-6
“Vengan, volvamos al Señor: él nos ha desgarrado, pero nos sanará; ha golpeado, pero vendará nuestras heridas. Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y viviremos en su presencia. Esforcémonos por conocer al Señor: su aparición es cierta como la aurora. Vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia de primavera que riega la tierra”. ¿Qué haré contigo, Efraím? ¿Qué haré contigo, Judá? Porque el amor de ustedes es como nube matinal, como el rocío que pronto se disipa. Por eso los hice pedazos por medio de los profetas, los hice morir con las palabras de mi boca, y mi juicio surgirá como la luz. Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.


Sal 51
Misericordia, Señor, que he pecado. 
 Ten piedad de mí, oh Dios, según tu gran misericordia; por tu inmensa bondad, borra mi culpa. Lávame a fondo de mi maldad, y purifícame de mi pecado. 
Misericordia, Señor, que he pecado. 
 Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti solo he pecado, he hecho lo que tú repruebas. 
Misericordia, Señor, que he pecado. 
 Crea en mí un corazón puro, renueva en mi interior un espíritu firme. No me arrojes lejos de tu presencia, no me quites tu santo espíritu. 
Misericordia, Señor, que he pecado. 
 Devuélveme la alegría de tu salvación, que me sostenga un espíritu generoso. Enseñaré a los malvados tus caminos, y los pecadores volverán a ti. 
Misericordia, Señor, que he pecado.


Lc 18, 9-14
En aquel tiempo, Jesús refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: «Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba en voz baja: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».